| En el tiempo que dura este programa de planetario nacerán
en la Tierra, más de 8.000 niños...
Es su salida al Cosmos, al espacio y al tiempo... Es su llegada a
un universo que está a la vez negro y lleno de luces. Aquí es donde vive
la especie humana.
Y en medio de toda esta inmensa oscuridad, los hombres de finales
del siglo XX somos capaces de identificar la imagen de una pequeña y familiar
esfera como nuestra cuna... Es el lugar del Universo donde existió nuestra
especie por primera vez hace menos de un millón de años...
Esta es hoy nuestra casa... ¡nuestro pequeño
planeta!.
Y estos son, para nosotros, los paisajes más conocidos
del cosmos.
Agua... Aire y Tierra... Lo caliente y lo frío... Lo
seco... Lo húmedo...
Aquí, durante cientos de millones de años, vivieron
plantas y animales que hoy no existen. Y aquí viven hoy millones y millones de
seres vivos.
Es un mundo de colores: Rojo... Amarillo... Azul... o verde.
La Tierra es un mundo de muchos colores. Pero sabemos que ninguno de ellos
existirían sin el Sol.
El Sol es la fuente de vida sobre la Tierra y también la
causa de que nosotros podamos ver esa vida.
El hombre primitivo, ya sabía la importancia del astro
rey. La religión más antigua de la que tenemos noticia, consideraba al
Sol como uno de los ocho grandes dioses.
Más tarde, para los antiguos egipcios, el Sol fue el Dios
supremo que fertilizaba las tierras con sus rayos, y hacía brotar la vida.
Y el Sol, también, fue el Dios Helios de los griegos. El
Apolo de los romanos, o el dios Mitra de los antiguos persas.
En el siglo V antes de Cristo, el filósofo griego
Anaxágoras se atrevió a afirmar que el Sol no era ningún tipo de
Dios sino, simplemente, una bola de fuego. Por este motivo, Anaxágoras fue
expulsado de su ciudad.
Hoy, 2.500 años más tarde, sabemos que él
tenía razón. Que el Sol es una gran esfera de gases incandescentes. El
Sol contiene el 99 por ciento de la materia que alberga el Sistema Solar. Y, para
darnos idea de su enorme tamaño, pensemos que aunque lo dividiéramos en
un millón de partes, cada uno de esos fragmentos sería mayor que nuestra
Tierra.
Y también sabemos muchas otras cosas del Sol: como su
composición, su enorme actividad o las causas por las que desprende esas
extraordinarias cantidades de energía. El Sol es una enorme central nuclear en
la que, en cada segundo, cuatro toneladas de materia desaparecen transformándose
en luz y calor.
Y esa central nuclear, sirve para llenar de vida cada día
de la Tierra.
Sin la energía de su luz, no podrían existir las
plantas que sirven de punto de partida a la cadena alimenticia de todos los seres
vivos.
Ahí está...
...exactamente en el sur, cuando decimos nosotros que ha llegado
el mediodía. Es, en este momento, en el que alcanza su mayor altura sobre el
horizonte. Y a esta hora, cada día del año, ocupa una posición
distinta: más alto en los mediodías de junio y julio... y , más
bajo, en los de diciembre y enero.
Y después de estar allí, en lo alto, poco a poco
todos los días va cayendo a lo largo de la tarde...
...acercándose paulatinamente al horizonte, como
único y gran protagonista de nuestro cielo.
Hasta que llega el crepúsculo: la hora de su despedida.
Cuando el disco solar desaparece bajo el horizonte,
todavía nos queda algo de su luz que va desvaneciéndose gradualmente.
Y es entonces cuando nos damos cuenta de que en el cielo, en
lugar de la oscuridad total, nos quedan unas pequeñas luces... Paulatinamente
vemos aparecer los luceros y todas las estrellas. Acostumbrados a ver el Universo
así, desde la Tierra, nos cuesta trabajo pensar que nuestro Sol, no es sino
una más entre estas estrellas que estamos viendo. Todas ellas forman parte,
como nosotros, de la Vía Láctea: una galaxia vulgar entre cientos de
millones de galaxias del Cosmos. Sólo en ella hay un número de estrellas
que supera en cien millones de veces las que podemos apreciar a simple vista en este
momento.
Comparando con muchas de estas estrellas, el Sol es relativamente
pequeño en tamaño; débil en luminosidad; y frío en
temperatura.
El Sol es una estrella enana comparada con Capella o Betelgeuse.
La única razón para que veamos el Sol más grande, para que nos
caliente e ilumine más, es que se encuentra muy cerca de nosotros. Un rayo de
luz tarda sólo 8 minutos en llegar del Sol a nosotros... y sin embargo, la luz
que nos llega hoy desde Capella, salió de la estrella hace 40 años...
y desde Betelgeuse, nada menos que 1.410 años.
Debido al movimiento de rotación de la Tierra, durante la
noche vemos como todas las estrellas se mueven en el cielo de igual manera que lo
hacía el Sol, saliendo por el este y poniéndose por el oeste.
Girando sin cesar todas juntas, manteniendo siempre las mismas
distancias y posiciones relativas entre sí..
...la distancia a la que vemos separadas estas dos estrellas, es
siempre la misma...
...e igual sucede con estas dos...
...y con cualquier otra pareja que queramos elegir.
Parece como si todas ellas fueran puntos de luz pegados a una
gran bóveda negra, que gira a nuestro alrededor. Esto ha hecho que el hombre las
llamase estrellas fijas y que las agrupase en constelaciones: como la Osa Mayor.
Sin embargo, si observáramos y registráramos en un
mapa las posiciones de todas ellas, podríamos darnos cuenta al cabo de unos
días de que, entre estos miles de estrellas que estamos viendo, hay cinco que
cambian paulatinamente de posición en este mapa. Al comparar su posición
al cabo del tiempo, vemos que no permanecen fijas en una constelación, sino que
van moviéndose lentamente entre las estrellas del Zodíaco. Los antiguos
griegos les llamaron: PLANETAS, palabra que quiere decir «estrella
vagabunda». Los planetas son difíciles de distinguir, a simple vista, en
el cielo de una noche; vamos a destacar, en el Planetario, de manera especial esas
cinco estrellas particulares dándoles un mayor tamaño y detalle...
Así será más fácil seguirles la pista... Pero conviene no
olvidar que, a simple vista, en el campo no se distinguen de las demás.
Para entender el protagonismo de esas estrellas vagabundas, hemos
de recurrir a la observación en días sucesivos... El Planetario nos
permite representar, en tiempos cortos, cambios que ocurren lentamente en el cielo...
Vamos a ver, en pocos segundos, el cambio de posición que tendrán los
planetas, visibles en esta zona, a lo largo de un mes. Si mirásemos hacia
aquí, a la misma hora todas las noches, mientras las estrellas fijas siguen en
sus constelaciones, los planetas variarían día a día su
posición haciendo honor a su nombre de vagabundos.
Esa singularidad en el movimiento de los planetas, que casi
sugería como si tuviesen voluntad propia, hizo que, desde muy antiguo, los
hombres les prestasen especial atención; e incluso que, como el Sol, les
atribuyeran un carácter divino y les dedicasen los días de la semana. De
todas aquellas estrellas que en la noche giraban a nuestro alrededor, había unas
cuantas que no eran como las demás.
A lo largo de un día, tenemos posibilidad de observar: el
pequeño Mercurio, el brillante Venus, el rojizo Marte, el sorprendente Saturno,
y el gigante Júpiter.
Al dirigir un telescopio hacia Júpiter, por ejemplo, se
podía ver mucho más grande al tiempo que se detectaban otros
pequeños satélites girando a su alrededor.
Los científicos comprobaron así que los planetas
eran diferentes. No sólo porque cambiaban de posición, sino
también porque estaban muchísimo más cerca de nosotros que todas
las demás estrellas del cielo.
Era como si, la Tierra y los planetas, formasen con el Sol y la
Luna un grupo distinto. Muy separado de todas las otras estrellas que se veían
desde la Tierra.
El telescopio permitía observar, con detalle,
características de los miembros de esa familia solar. Y significó, desde
comienzos del siglo XVII, el instrumento fundamental para conocer el conjunto de
vecinos que tenemos en el Universo.
Gracias a él, vimos no solamente detalles de los planetas,
sino que descubrimos otros que los antiguos no conocían, porque no se
veían a simple vista, como: Urano, Neptuno o Plutón. También
descubrimos, en donde a simple vista no se veía nada, la existencia de
satélites de los planetas,.. de numerosos cometas.
Hoy, gracias a la investigación espacial, conocemos muchos
detalles de los miembros del Sistema Solar; y con sofisticadas técnicas, hemos
llegado a obtener fascinantes fotografías de otros paisajes extraterrestres que
nos asombran por su extraor dinaria belleza...
Júpiter es el mayor entre los planetas de la familia del
Sol. Con un tamaño diez veces inferior a nuestra estrella, es una enorme bola
de gas que, en su interior, se encuentra líquido debido a las extraordinarias
presiones.
Es característica, de su superficie, la GRAN MANCHA ROJA:
una inmensa tormenta gaseosa, cuyo diámetro es tres veces mayor que el del
planeta Tierra.
El segundo planeta en tamaño, después de
Júpiter, es el extraordinario Saturno.
Otro gigante gaseoso que da una vuelta sobre sí mismo en
tan sólo 10 horas... Es el planeta más lejano de los cinco que podemos
observar a simple vista; y está iluminado por un Sol del que se encuentra diez
veces más lejos que nosotros.
Sus majestuoso anillos están formados por cientos de
millones de «copos de nieve»... Y fueron un misterio, durante siglos, hasta
que las modernas tecnologías nos han permitido descubrir detalles sorprendentes
en su estructura...
Las modernas naves espaciales nos han permitido visiones
inéditas de los planetas. Esta imagen de Saturno creciente, es imposible de
observar desde la Tierra...
Y muy lejos de la Tierra también, habríamos de
viajar para poder contemplar esta bella escena: el «gran señor de los
anillos», se pone tras el horizonte de uno de sus satélites, Titán,
que es un miembro del Sistema Solar desconocido para muchos, pero que tiene un
tamaño mayor que el planeta Mercurio.
En este imaginario viaje nos encontramos ahora con Urano.
Parece mentira pensar que, hasta finales del siglo XVIII, los
hombres desconocíamos la existencia de este planeta singular, entre otras cosas,
por la enorme inclinación de su eje de rotación. En 1.977 descubrimos,
además, que Saturno no era el único planeta con anillos y que este Urano,
también los tiene aunque sean de características diferentes.
Neptuno es el «planeta azul»...
...es curioso pensar que, hasta hace muy pocos años, nos
gustaba llamar así a nuestra Tierra... Pero ya no lo hacemos desde 1.989: cuando
la nave VOYAGER nos envió estas extraordinarias imágenes desde los
confines del Sistema Solar.
Neptuno es el planeta que está, ahora, más lejos de
nosotros; desde aquella enorme distancia, la diminuta nave espacial enviada por el ser
humano, nos hizo conocer detalles: como el que, en su atmósfera, existen
violentas tormentas. O también que, como Saturno, Júpiter y Urano, tiene
un sistema de anillos.
Venus es, sin duda, misterioso... Aunque gemelo a la Tierra, en
tamaño y densidad, se trata de un planeta hostil a la vida...
Gira muy lentamente, alrededor de su eje, de manera que tiene el
día más largo entre todos los planetas del Sistema Solar. Tan largo que,
en Venus, incluso el año es más corto que el día. La densa
atmósfera venusiana, de 15 kilómetros de espesor, nos oculta
continuamente la superficie.
Esta atmósfera, está formada fundamentalmente por
dióxido de carbono: lo que produce un acusado «efecto invernadero».
Como consecuencia de ello, Venus es el planeta con mayor temperatura media del Sistema
Solar.
Marte es el famoso PLANETA ROJO, donde destacan los blancos
casquetes polares formados por agua y dióxido de carbono sólidos.
La superficie de arenas rojas, está azotada por vientos
que viajan, a veces, a la mitad de la velocidad del sonido y levantan gigantescas
tormentas de polvo.
El color de esta tierra, se debe a minerales ricos en
óxidos de hierro. Diríamos que, así, visto desde cerca por la nave
MARINER, se nos hace familiar.
Junto con la Luna, Marte es seguramente el único lugar del
Sistema Solar donde el hombre podría poner el pie... y regresar para contarlo.
Aunque más pequeño que la Tierra, Marte tiene accidentes
geológicos de dimensiones sorprendentes: como grietas gigantes de 5.000
kilómetros de largo..., o un volcán que es tres veces más alto
que el Everest.
Este es Mercurio...
...el planeta más cercano al Sol.
Parecido a la Luna, y sólo ligeramente mayor que ella, es
un planeta rocoso; lleno de cráteres con paredes verticales, de cientos de
kilómetros. El estar cerca del Sol, y el girar alrededor de sí mismo muy
lentamente, lo convierten en el objeto que es, al mismo tiempo, más caliente y
más frío del Sistema Solar... Mientras, por la noche, la temperatura de
la superficie de Mercurio llega a ser de 200 grados bajo cero, durante el día
supera los cuatrocientos grados.
La Luna es el astro más familiar de la noche terrestre...
y nuestro vecino más próximo en el Universo. Es la compañera de la
Tierra en el espacio.
También es el que más luz aporta a nuestro cielo
nocturno... Y también, el único cuerpo celeste que consigue ocultarnos, a
veces, la luz del Sol, dando lugar a uno de los espectáculos más
sorprendentes que pueden observarse.
La superficie de la Luna, nos ofrece un mundo de contrastes de
luz en donde, paradójicamente, la eterna quietud de unos cráteres
representa la evidencia de violetas colisiones.
Las imágenes de paisajes lunares, con tierra de luz de
plata bajo un cielo siempre negro, se han convertido en familiares para el ser
humano.
Esta sería, sin lugar a dudas, una de las
fotografías más importantes de la historia del hombre: fue la primera vez
que el ser humano salió de su pequeño planeta, y puso el pie en otro
objeto del Cosmos.
Y, desde que hemos visto esta otra imagen, en la que nuestro
planeta se contempla desde la superficie lunar, todos los hombres queremos decir lo
mismo cuando hablamos de: NUESTRA TIERRA.
Es, la que estamos contemplando, una hermosa página para
el final de un álbum de fotos. En él hemos visto, en el espacio, a los
vecinos del planeta en el que viven los hombres. Fueron éstas las
imágenes de algunos de los que llamamos: familia res del Sol... Es la familia de
una estrella que está formada por nueve planetas, docenas de lunas, miles de
asteroides y miles de millones de cometas...
Ante la enorme variedad, en la galería de retratos que
hemos visto, es difícil imaginar que todos esos cuerpos celestes, pertenezcan a
una misma familia. Pero creemos que lo son. No solamente por estar unidos por los
mismos lazos de gravedad con el Sol, sino también por haber nacido del mismo
material cósmico.
Antes, mucho antes de que existiera nuestro Sol, en nuestra
galaxia habían aparecido, vivido y muerto, varios miles de millones de
estrellas. En las explosiones de muerte de algunas de ellas, ocurridas durante 10.000
millones de años, se formaron los átomos de todos los elementos
químicos que hoy conocemos...
Allí se formaron los átomos del oro y la plata, el
iodo y el plomo, el hierro que hoy tiene nuestra sangre, y el calcio que existe en
nuestros huesos.
El proceso que llevó a la existencia del Sistema Solar, es
una pregunta para la Ciencia ante la que, todavía, no tenemos una respuesta
clara... Aunque sí disponemos de interesante hipótesis.
Creemos que hace 4.500 millones de años, se formó
en un lugar de nuestra galaxia una gran nube de gas y polvo.
Estaba compuesta por los gases primordiales del Cosmos:
hidrógeno y helio; y también de restos de explosiones de estrellas que
habían existido anteriormente. Aquella pequeña nebulosa giraba, mientras
se concentraba su masa en el centro por la acción de la gravedad. Y al
concentrarse, se hacía más densa y más caliente. Unos 10 millones
de años después, el Sol comenzaría a brillar al tener lugar las
primeras reacciones nucleares. El 99 por ciento de la materia que contenía
aquella nube, se llegaría a concentrar en el Sol. En las zonas más
alejadas del centro, la temperatura era mucho más baja; y el resto de gases y
polvo se condensaron rápidamente en granos de materia sólida que giraban
alrededor del Sol, recién nacido, formando anillos...
En donde los pequeños trozos de materia, al chocar unos
con otros, se unían de manera que podemos imaginar semejante a cómo lo
hacen los copos de nieve, o por acción de la gravedad, dando lugar a lo que
llamamos: protoplanetas...
...y, en la fase siguiente, los cuerpos mayores llegaron a atraer
a los trozos de materia que quedaban, creciendo hasta convertirse en planetas de gran
tamaño; quedando rodeados por sus satélites y anillos.
Así es como nos hemos imaginado el origen del Sistema
Solar, en un minúsculo rincón del Cosmos.
Y, al comenzar a explorar y conocer esta pequeña parcela
del inmenso espacio, cada vez los seres humanos se hacen más insignificantes.
Quizás sea este sentimiento, la primera señal de
inteligencia de los organismos más complejos que, después de miles de
millones de años, han llegado a existir por evolución de la materia...
Saben que, en definitiva, están hechos de polvo de
estrellas.
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