El Parque de las Ciencias produce un programa de planetario que se verá en Europa

18 febrero, 2020

Los astronautas del ‘Apolo 11’ volaron hacia el satélite con una computadora mucho menos potente que el teléfono que hoy llevamos en el bolsillo. Es verdad… hasta cierto punto.

Al recibir el encargo de ir a la Luna, la NASA tuvo claro enseguida que haría falta un ordenador a bordo de la nave. Las maniobras de navegación y los cálculos que implicaban eran demasiado complicados para hacerlos sin ayuda. Cierto que el centro de proceso de datos de Houston tendría capacidad para ello, pero el Apolo iba a sobrevolar la cara oculta de la Luna al menos durante tres periodos críticos: La entrada en órbita, el inicio del alunizaje y el encendido del motor para el retorno a la Tierra. Y durante ese tiempo, estaría fuera del alcance de las estaciones de seguimiento. La nave tenía que ser autónoma.

El sistema de navegación del Apolo (que incluía el ordenador) fue la primera pieza que la NASA contrató. Semanas antes, incluso, que la nave que debía guiar. El pedido recayó en un laboratorio del MIT, no en ninguna empresa aeroespacial como North American o Boeing, lo cual constituyó toda una sorpresa. El motivo principal era la experiencia que ya habían acumulado en proyectos anteriores, como el desarrollo de un autopiloto inercial para aviones o el sistema de guía de los misiles Polaris.

Las especificaciones originales del sistema de navegación eran simples: “Que nos lleve hasta la Luna y de regreso”. Nadie tenía una idea muy clara de cómo hacerlo. En especial, cuando se trataba de diseñar una máquina que consumiese lo mismo que una bombilla y cupiese en el espacio de dos cajas de zapatos.

Para poner el encargo en perspectiva, el centro de cálculo de la NASA utilizaría cinco ordenadores IBM 360/75, entonces la última palabra en cuanto a potencia de cálculo. Ocupaban una sala entera y devoraban kilovatios y kilovatios de potencia. No solo las máquinas en sí, sino también las docenas de periféricos y los equipos de aire acondicionado imprescindibles para refrigerarlos. Cada máquina estaba equipada con nada menos que todo un megabyte de memoria RAM, un lujo asiático por aquel entonces.

En contrapartida, el ordenador embarcado en el Apolo dispondría del equivalente a cuatro kilobytes de memoria RAM y 72 para almacenar el programa. O mejor dicho, los programas, porque cada vuelo utilizaría dos computadores: uno en el módulo de mando y otro en el que aterrizase en la Luna. Y, lógicamente, el software de uno y otro serían totalmente diferentes. Aunque el hardware sea el mismo. Pero en 1961, la palabra software no existía. Nadie sabe muy bien lo que es y a nadie parece preocuparle.

Pantalla y teclado de la consola principal del ‘Apollo 13’. Bruce M. Yaroro / Smithsonian iInstitution

El listado del programa que habrá de cargar en la máquina ocupa una pila de casi dos metros de papel. Está escrito en ensamblador pero, una vez traducido, es una larguísima secuencia de unos y ceros, en único lenguaje que entiende la máquina. Ese código se programa físicamente en forma de miles de núcleos de ferrita (unos anillos magnéticos de apenas un milímetro de diámetro) enhebrados en largos hilos de cobre: Si el hilo pasa a través del núcleo, es un uno; si no, un cero.

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